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News – Noticias «¿Qué pasaría si China empieza a facilitar ayuda militar a Rusia?». En la tensionada relación entre Pekín y Washington se ha generado todo un coro de tragedia griega que desde Bali hasta Múnich pasando por Davos repite el deseo compartido de evitar una nueva Guerra Fría. Es como si la tramposa trampa de Tucídides –sobre una inevitable confrontación armada entre una ascendente China y un decadente Estados Unidos– se estuviera reformulando al hilo de la invasión de Ucrania para evitar una edición corregida y aumentada del pulso global entre dos sistemas antagónicos sufrido desde 1945 a 1989. Todas estas buenas intenciones para no convertir la segunda mitad del siglo XX en un bucle infinito chocan con las últimas advertencias públicas del gobierno de Estados Unidos sobre los preparativos de China para facilitar armas y munición a Rusia con el fin de evitar el fracaso de la agresión iniciada por Moscú hace justo un año. De materializarse esta «ayuda letal», China se estaría alineándose con Irán y Corea del Norte. Además de confirmar el verdadero calado de la alianza «sin límites» por Putin y Xi Jinping, proclamada en vísperas del aniversario de la invasión. Si China empieza a respaldar abiertamente a Rusia sería una vuelta a algunos de los episodios más sangrientos de la Guerra Fría. Décadas durante las que Estados Unidos, la Unión Soviética y, a veces, China dedicaron ingentes recursos militares en guerras prolongadas. Lo que en última instancia multiplicó el sufrimiento y destrucción de una serie de conflictos por delegación, desde Corea hasta Vietnam pasando por Afganistán. No hace falta la clarividencia internacional de un Kissinger para advertir que la entrada de China en esta guerra transformaría tenebrosamente su naturaleza, al enfrentar en Ucrania a las tres potencias militares más grandes del mundo junto a sus respectivos aliados en dos bandos opuestos. El resultado sería una nueva Guerra Fría. O como diría el profesor Odde Arne Westad, un nuevo sistema internacional dominado por la violencia, la fuerza, las visiones absolutas y las amenazas que no decidiría nada, pero influiría para peor en muchísimas otras cosas.. «Al menos un muerto y una docena de heridos por una explosión en una fábrica de metal en Ohio, EE.UU.». Las autoridades estadounidenses han informado este lunes de que al menos una persona ha muerto y una docena ha sido trasladada a centros sanitarios después de que una explosión en una planta metalúrgica en Ohio (Estados Unidos) provocase un gran incendio. Los forenses han indicado que un hombre, de 46 años, ha fallecido a causa del incidente. Por otro lado, la mayoría de las víctimas presentan quemaduras , sin embargo, no hay información sobre la gravedad de los heridos, informa el canal 13 ABC. En cuanto al fuego , que ocurrió al rededor de las 14.15 hora local, se encuentra bajo control por parte de las dotaciones de Bomberos. Según ha informado la cadena CBS, la explosión ha esparcido escombros y dañado vehículos , mientras que ha provocado una nube de humo visible desde varios kilómetros de distancia. «Una explosión de origen desconocido ha golpeado hoy nuestras instalaciones de Bedford, Ohio, lo que ha provocado lesiones a los empleados y daños significativos a las instalaciones», ha declarado la compañía I. Schumann, tal y como ha recogido el citado canal.. «Volodymyr Kosse, el futbolista de Mykolaiv : «Hemos puesto el corazón en este estadio, ¿cómo iba a marcharme y dejarlo todo?»». En el estadio de fútbol de Mykolaiv hay un calendario con fechas subrayadas en color naranja. Son los partidos de la liga ucraniana que nunca se llegaron a jugar. Volodymyr Kosse , director del estadio, recorre con su dedo índice los días hasta llegar a la fecha de hoy. Suspira. Cada día de guerra es un día menos de vida . Kosse fue uno de esos jugadores de fútbol de los tiempos de la Unión Soviética. Jugó en FC Salyut Belgorod, en el CSKA y en el Lokomotiv de Moscú. Llegó incluso a marcar un gol ante Estados Unidos en 1994. «El gol de honor para lograr el empate», recuerda. Hoy recorre el campo, pero de otra manera. Pese a la guerra, ha decidido quedarse en Ucrania custodiando un campo de fútbol en el que nadie juega. Noticias Relacionadas estandar No Guerra de ucrania Lyudmyla Serhiivna, la cocinera de Járkov: «Quiero que la comida les recuerde a su hogar, como la que le hacía su madre antes de la guerra» Pablo Ortega estandar No Guerra de Ucrania Arkadiy Dovzhenko, el rebelde de Jersón: «Los rusos me han roto las costillas, lanzado granadas… Debo ser un tipo afortunado porque sigo vivo» Pablo Ortega Cuando Mykolaiv se convirtió en una ciudad situada en el frente bélico, no lo dudó. El moldavo decidió quedarse y convertir ese estadio en su trinchera . «Cada uno tiene derecho de querer irse o quedarse», dice. La guerra hace algo extraño con los hombres, y él encontró su propósito en cuidar de un campo de fútbol. Suenan disparos. Caen bombas. Avanzan las tropas. Pero la rutina es siempre la misma. Regar el campo. Cortar el césped. Cuidar de su hogar. Toda una hazaña en una ciudad que llegó a contar únicamente con agua salada en sus tuberías. Cuida el estadio como si fuera su casa El verde del campo contrasta con el enorme cráter que interrumpe las pistas de atletismo que rodean el terreno de juego. Durante un bombardeo ruso, varios misiles alcanzaron las instalaciones y dañaron las gradas y el edificio desde el que los invitados VIP veían el partido en tiempos de paz. «Todo quedó destruido por la explosión», se lamenta Kosse mientras intenta arreglar pequeños desperfectos que se va encontrando. Lo cuida como si fuera su propia casa. Ni el ejército ucraniano logró desahuciarlo cuando necesitó las instalaciones durante lo más crudo del conflicto. Solo les puso una condición: «Les dije que solamente me iba si cuidaban del campo. Me dijeron que no lo iban a hacer, así que me negué». La charla se interrumpe por el sonido de la artillería. «Son los nuestros», dice mientras el resto nos miramos y escuchamos el silencio esperando el siguiente cañonazo. La sonrisa le dura hasta que aparece el sonido de una ametralladora. «Eso es extraño». Le preguntamos si piensa seguir custodiando el campo mucho tiempo más. Se revuelve un poco en su abrigo y contesta: «Hemos puesto el corazón en este estadio. ¿Cómo iba a marcharme y dejarlo todo?».. «Los nuevos gobiernos de izquierda latinoamericana renuncian al consenso». Las victorias de la izquierda en las elecciones presidenciales latinoamericanas celebradas en el último par de años hacían prever una mayor unidad de acción regional. Los seis principales países –Brasil, México, Argentina, Colombia, Chile y Perú– podían marcar la agenda y lograr que el resto, incluidos gobiernos de derecha, tuvieran que sumarse a las unanimidades. Pero en realidad la mayor parte de esa «nueva izquierda» no busca consensos, sino la imposición ideológica, a costa de romper organizaciones regionales y de fracturar políticamente sus propias naciones. La negativa del presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, a pasar la presidencia ‘pro tempore’ de la Alianza del Pacífico a Perú, porque no reconoce a la presidenta peruana, Dina Boluarte, pone en una difícil situación a una organización que hasta la llegada de AMLO al poder había funcionado de modo ejemplar. A diferencia del politizado Mercosur, la Alianza del Pacífico permitía presentar una alternativa de países que realmente coordinaban sus esfuerzos de economías abiertas (México, Colombia, Perú y Chile). Pero AMLO insiste en considerar un golpe de Estado la remoción de Pedro Castillo como presidente peruano y está intentando que otros gobiernos afines revaliden esa posición: ni siquiera ya le sirve la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), que acaba de revitalizarse con su impulso y el de Lula da Silva, sino que ahora quiere reactivar el pacto de gobiernos de izquierda del llamado Grupo de Río, otro subgrupo en el que atrincherarse. Noticias Relacionadas estandar No Buenos Aires, escenario de la crispación social contra los gobiernos de la región Guadalupe Piñeiro Michel estandar No El regreso de Brasil reactiva la Celac, pero no garantiza consensos regionales Emili J. Blasco Por su parte, Gustavo Petro acaba de cumplir medio año en la presidencia colombiana rompiendo la baraja. En lugar de aceptar que ganó con solo el 50,4% de los votos y que gobernar para todos los colombianos, como dijo ser su intención, le obliga a tener que consensuar parlamentariamente sus pretendidas reformas, como la de la Sanidad, Petro ha pedido a sus seguidores que salgan a la calle para imponer su criterio. La complicada perspectiva económica y la falta de una mayoría más amplia aconsejan pragmatismo a cualquier mandatario, pero el presidente colombiano está dando muestras de buscar la confrontación, perjudicando las instituciones del país y acentuando la polarización. Papel de Lula Hacia algo parecido parece dirigirse Lula en Brasil, aunque en su caso aún es pronto para certificar la dirección que tomará. Lula también ganó por la mínima, con el 50,9% de los votos, y para formar gobierno ha necesitado sumar casi una decena de partidos políticos, repartiendo ministerios entre sus dirigentes. Sin embargo, en lugar de construir sobre esa base más amplia, las últimas semanas está recurriendo en exceso al Partido de los Trabajadores, dejándose llevar aparentemente por el ánimo de revancha en su regreso al poder. El único presidente de izquierda que va en la dirección opuesta es Gabriel Boric. Necesitado de apoyos en el Parlamento, Boric ha intentado ampliar su base abriéndose hacia el centroizquierda, sin fáciles apelaciones a la calle. Es posible que su alta impopularidad le detenga de soluciones más personalistas y unilaterales, pero la defensa que Boric está haciendo de las instituciones muestra el valor de la democracia chilena. Por otra parte, Boric ha sido el único presidente de gran país latinoamericano en criticar sin ningún tipo de ambigüedad las últimas decisiones del régimen de Ortega en Nicaragua (en el caso de Perú, ya advirtió que Castillo fue quien quiso dar un golpe, apreciación compartida por Lula). Mientras, López Obrador ha aparecido esta semana abrazando y condecorando al presidente cubano, de quien ha alabado su «profunda humanidad», y Petro se ha reunido entre sonrisas con Nicolás Maduro, cuyos valores «democráticos» dice apreciar. Así las cosas, la fragmentación política latinoamericana está asegurada y habrá que dejar para otra ocasión cualquier intento serio de integración regional. Mientras López Obrador y Petro estimen que quienes no piensan como ellos son «fascistas» no tendrán con quién sentarse para consensuar esfuerzos de convergencia tanto nacional como internacional. Si a Bolouarte, que fue elegida en el ticket presidencial izquierdista de Pedro Castillo, la tratan con tal desdén, ¿quién se les arrimará? Perú ha caído de la posible alianza y Argentina podría descolgarse si el peronismo pierde las elecciones a final de año. De todos modos, conviene precisar que lo único que suele interesar a los mandatarios latinoamericanos, de un signo o de otro, es garantizar su poder nacional, en absoluto avanzar hacia entes supranacionales que les resten poder.. «El Consejo de Seguridad de la ONU critica los asentamientos pero evita una resolución contra Israel». El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobó este lunes una declaración en la que critica la política de asentamientos de Israel en territorio palestino. Es la primera vez desde 2016 que el organismo con más poder de la ONU toma una acción contraria a los intereses de Israel pero, al mismo tiempo, es una postura aguada, después de que descarrilara la posibilidad de someter a votación una resolución de condena que hubiera exigido la paralización de los asentamientos. La declaración -que no tiene el poder vinculante de una resolución- fue aceptada de forma unánime por los quince miembros del Consejo, incluidos los cinco permanentes: Reino Unido, Francia, Rusia, China y EE.UU. Este último tuvo el papel clave en evitar la votación de la resolución, impulsada por Emirato Árabes Unidos (EAU) con el apoyo de las autoridades palestinas. El secretario de Estado de EE.UU., Antony Blinken , lideró una ofensiva diplomática a tres bandas, con los representantes de Israel, Palestina y EAU para no llevar el texto al Consejo. Eso habría puesto a EE.UU. en la disyuntiva de votar contra su gran aliado en Oriente Medio o de vetar una resolución con la que, en esencia, el Gobierno de EE.UU. está de acuerdo. EE.UU. ha utilizado su poder de veto de forma rutinaria para aplacar resoluciones y condenas contra Israel. La última vez, y la primera en cuatro décadas, que no lo hizo fue en 2016, durante la presidencia de Barak Obama, cuando se abstuvo en una resolución que exigía la suspensión de todas las actividades de asentamiento en territorio palestino. Estaba por ver si la Administración Biden tomaría ahora el mismo camino, en un momento con muchos frentes abiertos -guerra en Ucrania, tensiones en China- y en medio de turbulencias políticas en Israel con el nuevo Gobierno de Benjamin Netanyahu. EE.UU. decidió buscar un camino intermedio, sin agraviar a Israel, pero impulsando una declaración crítica contra su aliado y negociando una suerte de tregua sobre los asentamientos. Los diplomáticos estadounidenses convencieron a EAU de sustituir la resolución por una declaración y arañaron, según ‘The Washington Post’, un compromiso tanto de israelíes como palestinos de no agitar los asentamientos durante un periodo de seis meses: Israel no impulsará más asentamientos hasta agosto y la Autoridad Palestina no buscará acciones contra Israel en organismos internacionales. El desencadenante de estos movimientos en la ONU ha sido el anuncio por parte del Gobierno de Netanyahu el pasado 12 de febrero de ampliar la construcción de asentamientos y legalizar nueve de ellos ya construidos. La declaración aprobada ahora muestra la «oposición rotunda a toda medida unilateral que obstaculice la paz» y cita entre ellas «la construcción y expansión de asentamientos por parte de Israel, la confiscación de tierras palestinas», además de la legalización de los nuevos asentamientos y la destrucción de casas de palestinos. El texto reconoce una «honda preocupación y desaliento» por esa política de Israel, que «pone en peligro la viabilidad de la solución de dos estados basadas en las líneas de 1967», en referencia a las demarcaciones tras la guerra de aquel año. La declaración, sin embargo, no condena a Israel ni le exige que pare la política de asentamientos.. http://www.databot-app.com

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